martes, noviembre 04, 2008

LA ULTIMA CITA

LA ULTIMA CITA
por Osvaldo Jimenez

La tarde no ayudaba mucho a darle ese ambiente de consultorio al lugar. La casa parecía una casa cualquiera, situada a la orilla de una calle cualquiera, que parece no llevar a ningún lugar importante. De no ser por una recomendación, nadie podría imaginar que exactamente ahí, en esa abandonada calle, dentro de la casa mas vieja, de portones igualmtene añejos, con una puerta principal tan pesada pudiera existir una clínica psiquiátrica.
Adentro, el espacio reflejaba la soledad que venia de afuera, la frialdad de las gentes que acudían a desahogar su dolor en los consultorios. Utilizando cada oficina como si fueran basureros, tratando así, por lo menos durante una hora o dos de tener por el resto del día una tranquilidad a medias.
Siguen llegando los carros, de manera muy discreta, buscando un lugar para aparcar. Un lugar que no le anuncie al vecindario que llego un loco mas; que mantenga la tranquilidad de la calle tan aparentemente vacía, igual.
Todos esperan por la lluvia que es la única que ayuda a mantener la casa en el anonimato, resguardando los secretos por un momento. Durante el trayecto desde el parqueo, parqueo inventado por los mismos pacientes sobre la acera del frente, mientras salen del carro cubriéndose la cabeza con una chaqueta, no por temor a mojarse, en realidad quieren proteger su intimidad.
Por aquel lugar llueve siempre. Y todos cargan el paraguas en algún lugar del carro, en algún rincón del taxi. Pero el paraguas se queda olvidado, no logra cubrir por completo el dolor que lo acompaña todo por aquel vecindario tan frio, tan húmedo, que esconde una casa que muy pocos podrían imaginar como consultorio. Una casa que se ha mimetizado muy bien con su entorno para casi desaparecer en el.
Los carros, los taxis siguen llegando, buscando un lugar discreto para parquear.
Llego despacio, como siempre, sus manos temblaban sobre el volante. Anteriormente, camino a la consulta, la rabia, la ira, le habían ayudado a repasar lo que diría en la cita.
Adentro, ella lo esperaba paciente, sentada frente al psicólogo, matando el tiempo con un café. Imaginándolo a el: con la corbata suelta, mojado, con la mirada perdida, tembloroso. Incapaz de conectar una sola frase cuando llegara el momento de hablar.
Afuera , la lluvia componía una estridente sinfonía sobre los techos de las casas. Sus manos dejaban de temblar, echo una mirada al asiento trasero; por primera vez “encontró” su paraguas, que siempre estuvo a la vista. Lo coloco en el asiento del lado, arreglo su corbata, amarro sus zapatos, se puso la chaqueta. Espero un momento a que la lluvia calmara su fuerza. Abrió la puerta del carro, saco el paraguas, lo extendió para ir sin prisa a la cita.
Frente a la puerta se anuncio con la única recepcionista del lugar, con un pesado y ruidoso botón; ella desde sus escritorio abrió automáticamente la puerta. El ya conocía su camino. Todo seria breve.
Toco la puerta de la oficina del doctor en dos ocasiones; anteriormente nunca lo había hecho.
– Adelante – replico el doctor con la voz aparentemente amable que tienen todos los doctores.
Entro con calma, no se quiso sentar; ahí estaba ella. Tanto tiempo planeando los insultos, los gritos. Ella por fin estaba ahí y no tenia nada que decir. Ella con su sonrisa burlona y sarcástica, con esa ironía en su mirar, prepotente como siempre. El entero, de pie, esperando cualquier cosa. Para entonces el frio y el silencio sin haberse anunciado ya habían entrado al lugar.

– Doctor, la verdad no tengo nada que decirle a ella; ¡y espero no verla ni estar aquí nunca mas!
Alisto su paraguas; por la ventana del consultorio la lluvia parecía no parar.

– ¿Me podes llevar? Pregunto ella con bastante timidez.
– Lo siento, solo hay espacio para el paraguas y para mi. – contesto él tranquilo y con cara de palo.
Atrás quedaron para siempre el dolor intenso y espeso de aquella casa tan peculiar; se hacia tarde ya.


[proxima semana: "el cuarto en el tercer piso"]