viernes, noviembre 07, 2008

LA ALCOBA DEL TERCER PISO

LA ALCOBA DEL TERCER PISO
Por Osvaldo Jiménez

Todo comenzó cuando alguien dejo abierta la ventana. Y nadie sabia quien había dejado abierta la ventana. Muy claro había sido el abuelo:

– Cuando muera no quiero que nadie entre ahi, que nadie hagan nada en ese tercer piso, mi piso.

Luego de haber dicho esa frase murió. Un poco molesto pero al menos había tenido la oportunidad de decir lo unico que realmente quería decir antes de morir. De eso hace 5 años ya. Y hoy l ventana aparece abierta. ¿Quién habrá podido entrar al lugar? ¿cuál de todos los primos se habrá metido a la alcoba del abuelo en el tercero piso de la casa?
Mis hermanos dicen que no, que no fueron ellos. Mis primos lo niegan también. Pero alguien miente. Yo tengo tantas ganas de entrar, ¿pero como lo hago? Si mi madre boto la llave, luego de haber puesto candado a la entrada principal del cuarto. ¿por que alguien quería entrar a la alcoba del abuelo en Diciembre? ¡Que raro todo!
De mi abuelo recuerdo que pasaba mucho tiempo en el tercer piso de la casa; era como otra casa dentro de la nuestra. Y aun dejando la puerta abierta, ni siquiera mi madre se atrevía a entrar ala alcoba del abuelo sin antes pedirle permiso. Yo entre solo en una ocasión, acompañando a mi madre. Llevaba unas pastillas y un vaso de agua; los tiempos en que ya se empezaba a poner grave su enfermedad. Me fascino entrar, sabia que pro un tiempo seria el centro de atención de todas las preguntas de mis hermanos y primos. Mi abuelo no se llevaba muy bien con ellos, en muy pocos ocasiones les hablaba. Su cuarto era sencillo, muy acogedor y su ventana tenia una vista muy bonita a nuestro jardín y un poco mas allá, a la tranquila calle del vecindario. Tenia unas cuantas fotos, ni de mi madre, ni de mi abuela. Una mujer y un niño que no se quienes podrían ser, pero recuerdo como el abuelo; en esa ocasión que le llevamos sus pastillas, miraba con mucha nostalgia y cariño.

–Te pareces a él – me dijo el abuelo ese día antes del ataque de tos.

No creo parecerme en nada al niño. Pero lucia como un niño muy feliz. No tenia muchas cosas en su alcoba el abuelo, o seguramente todo lo guardaba muy bien. Yo podría entrar de nuevo si escalara desde la pared de la cochera hasta llegar a la ventana. No seria tan difícil. Seguramente alguien quería robarle al abuelo su fino reloj. Pero no, recuerdo que eso fue lo primero que le pusieron cuando lo vistieron para enterrarlo. Posiblemente la foto de la mujer y el niño sean de algún pariente cercano, o incluso puede ser la primer esposa que tuvo el abuelo, y su hijo mayor. Si, puede ser, con el carácter endemoniado que tenia, seguramente estuvo con varias mujeres antes de encontrar a mi abuela, la única que lo aguanto. Claro, ahora entiendo, seguramente el niño de la foto, escalo la pared en la noche, hasta llegar a la alcoba del abuelo y se llevo las dos fotos. Eso tuvo que ser lo que paso. Yo mañana mismo subo y clavo la ventana para que nadie pueda entrar nunca mas.

martes, noviembre 04, 2008

LA ULTIMA CITA

LA ULTIMA CITA
por Osvaldo Jimenez

La tarde no ayudaba mucho a darle ese ambiente de consultorio al lugar. La casa parecía una casa cualquiera, situada a la orilla de una calle cualquiera, que parece no llevar a ningún lugar importante. De no ser por una recomendación, nadie podría imaginar que exactamente ahí, en esa abandonada calle, dentro de la casa mas vieja, de portones igualmtene añejos, con una puerta principal tan pesada pudiera existir una clínica psiquiátrica.
Adentro, el espacio reflejaba la soledad que venia de afuera, la frialdad de las gentes que acudían a desahogar su dolor en los consultorios. Utilizando cada oficina como si fueran basureros, tratando así, por lo menos durante una hora o dos de tener por el resto del día una tranquilidad a medias.
Siguen llegando los carros, de manera muy discreta, buscando un lugar para aparcar. Un lugar que no le anuncie al vecindario que llego un loco mas; que mantenga la tranquilidad de la calle tan aparentemente vacía, igual.
Todos esperan por la lluvia que es la única que ayuda a mantener la casa en el anonimato, resguardando los secretos por un momento. Durante el trayecto desde el parqueo, parqueo inventado por los mismos pacientes sobre la acera del frente, mientras salen del carro cubriéndose la cabeza con una chaqueta, no por temor a mojarse, en realidad quieren proteger su intimidad.
Por aquel lugar llueve siempre. Y todos cargan el paraguas en algún lugar del carro, en algún rincón del taxi. Pero el paraguas se queda olvidado, no logra cubrir por completo el dolor que lo acompaña todo por aquel vecindario tan frio, tan húmedo, que esconde una casa que muy pocos podrían imaginar como consultorio. Una casa que se ha mimetizado muy bien con su entorno para casi desaparecer en el.
Los carros, los taxis siguen llegando, buscando un lugar discreto para parquear.
Llego despacio, como siempre, sus manos temblaban sobre el volante. Anteriormente, camino a la consulta, la rabia, la ira, le habían ayudado a repasar lo que diría en la cita.
Adentro, ella lo esperaba paciente, sentada frente al psicólogo, matando el tiempo con un café. Imaginándolo a el: con la corbata suelta, mojado, con la mirada perdida, tembloroso. Incapaz de conectar una sola frase cuando llegara el momento de hablar.
Afuera , la lluvia componía una estridente sinfonía sobre los techos de las casas. Sus manos dejaban de temblar, echo una mirada al asiento trasero; por primera vez “encontró” su paraguas, que siempre estuvo a la vista. Lo coloco en el asiento del lado, arreglo su corbata, amarro sus zapatos, se puso la chaqueta. Espero un momento a que la lluvia calmara su fuerza. Abrió la puerta del carro, saco el paraguas, lo extendió para ir sin prisa a la cita.
Frente a la puerta se anuncio con la única recepcionista del lugar, con un pesado y ruidoso botón; ella desde sus escritorio abrió automáticamente la puerta. El ya conocía su camino. Todo seria breve.
Toco la puerta de la oficina del doctor en dos ocasiones; anteriormente nunca lo había hecho.
– Adelante – replico el doctor con la voz aparentemente amable que tienen todos los doctores.
Entro con calma, no se quiso sentar; ahí estaba ella. Tanto tiempo planeando los insultos, los gritos. Ella por fin estaba ahí y no tenia nada que decir. Ella con su sonrisa burlona y sarcástica, con esa ironía en su mirar, prepotente como siempre. El entero, de pie, esperando cualquier cosa. Para entonces el frio y el silencio sin haberse anunciado ya habían entrado al lugar.

– Doctor, la verdad no tengo nada que decirle a ella; ¡y espero no verla ni estar aquí nunca mas!
Alisto su paraguas; por la ventana del consultorio la lluvia parecía no parar.

– ¿Me podes llevar? Pregunto ella con bastante timidez.
– Lo siento, solo hay espacio para el paraguas y para mi. – contesto él tranquilo y con cara de palo.
Atrás quedaron para siempre el dolor intenso y espeso de aquella casa tan peculiar; se hacia tarde ya.


[proxima semana: "el cuarto en el tercer piso"]